Reflexiones en torno a la obra

Me considero de esas escritoras de corte clásico que siguen buscando en la literatura el arte de la estética por encima del contenido. De hecho opino que, como en el amor, el fondo de una historia no se puede disociar de la manera en la que se muestra, ni tampoco se puede disociar de la personalidad profunda de sus personajes. De ahí que en esta novela, “Pasajeros del tiempo”, cada episodio relacionado con cada personaje está tratado desde formas narrativas diferentes. En este sentido, mi manera de trabajar se encuentra más próxima a la plástica poética y a los autores de hasta mediados del siglo pasado, cuando aún se consideraba la literatura como un arte y no como un producto de mercado, de compra, venta y de divertimento, lo cual no está mal ni critico pero esta concepción de la obra literaria está, sin duda, muy lejos de lo que yo persigo cuando me siento frente a la página en blanco.

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El personaje, ese gran desconocido…

Nos aborda en cualquier momento, por la noche mientras dormimos, mientras preparamos la comida, viendo una película o un documental, en plena reunión de trabajo, leyendo cualquier libro, conduciendo rumbo a cualquier lugar. De repente es como un fogonazo de luz en nuestra consciencia. Cámaras, enfoquen, ¡ya!, y ahí está, la semilla del personaje, su primer boceto. Sin haberlo llamado, sin haberlo esperado, sin intuir ni tan siquiera su proximidad, de repente un buen día, aparece. A veces sí que se siente próximo. El escritor siente que algo se acerca, desde la distancia; no hablo de la distancia espacial, ni tampoco de la temporal, es otra distancia, es como el ruido de fondo de una radio cuando tratas de coger una sintonía y rastreas todo el dial: ruido, ruido, ruido, pero cuando estás a punto de sintonizar te percatas de ello porque el ruido cambia, así es. A veces el escritor tiene la sensación de caminar por un oscuro pasadizo y en medio de esa oscuridad breves intervalos de luz se lo muestran. Allí en aquel rincón parece estar sentado en una mesa, alguien le acompaña pero no se distingue bien. ¿Qué hace allí?, ¿con quién está? En ese momento, ¡plaf!, la luz vuelve a apagarse y otra vez la oscuridad se desmorona sobre el escritor, otra vez hay que tantear las paredes hasta que, de nuevo allá al fondo, parece que parpadea la frágil luz de una vela, el personaje está ahora iluminado por ella. Nos observa al igual que nosotros le observamos a él y mueve sus labios queriendo comunicarnos algo, pero, ¿qué?, es imposible, a esta distancia no podemos escucharle, ni tan siquiera verlo bien. Y esta situación se puede extender semanas, meses, incluso años, hasta que un buen día y sin saber por qué, nos aborda. No nos lo podemos creer, él mismo se ha aproximado, pensamos mientras nos ponemos rápidamente las gafas y buscamos como locos un papel y un bolígrafo para atraparlo antes de que se vuelva a alejar. Está aquí, delante nuestro, al fin completo, en todo su esplendor. ¡Es el personaje! Y, como siempre, viene contándonos algo. Habla, habla y habla sin parar y esta vez está tan cerca que podríamos casi tocarlo. Respiramos la materia de la que está hecho, cada una de sus palabras, esa misteriosa estructura que lo forma. Las palabras comienzan entonces a fluir en nuestra mente como las olas de un océano que lamen sin sosiego la arena de una playa. Sí, así sucede, al fin podemos definirlo, delimitarlo, dotarlo de volumen con adjetivos, términos, calificativos, acciones, que le van dando el aspecto material con el que se nos ha aparecido. Es hombre, mujer, animal o cosa, pertenece a tal o tal época o a ninguna, le sucedió esto o lo otro y cada vez que descubrimos una nueva palabra en torno a él, él va materializándose, naciendo para este mundo de la única manera de la que pueden nacer en este mundo los personajes, que es a través de la escritura.

Me apasiona el tema de los personajes porque creo que son la esencia de la narrativa. Lo primero y más importante es el personaje y sin él las historias no existirían ya que no habría nada que contar. Sé que hay autores que no estarán de acuerdo conmigo, que quizás para ellos lo más importante sea la acción. Sin embargo pensemos una cosa: quien sea capaz de escribir una novela hecha únicamente de acción realizará sin duda un descubrimiento en la historia de la narrativa, algo sin precedentes, pues la acción sin el personaje hasta el momento ni se ha hecho, ni me parece posible, aunque reconozco que puede ser un reto interesante para un escritor intentarlo, sin duda. Otra cosa bien distinta es la poesía, que no necesita ni personaje, ni acción, ni tiempo, ni nada, porque aunque también está sujeta a la palabra, es otro arte completamente diferente.

© Elena Villamandos

“¡Recuerdo!”, un poema de Pedro Villamandos Pinto

Continuando con el proyecto de “Rescatando anónimos”, en homenaje a mi bisabuelo Pedro Villamandos Pinto, a continuación comparto uno de sus poemas recogido en un pequeño libro de poesías que le fue publicado por el “Asilo de Huérfanos del Sagrado Corazón de Jesús” en el año 1901, en Madrid. Curiosamente mi bisabuelo falleció con 43 años dejando huérfano a mi abuelo Pedro Villamandos Reyes que, por este motivo, tuvo que ingresar en el colegio militar para huérfanos de militares siguiendo de esta forma la carrera de su padre. Muchas veces me he preguntado qué profesión habría elegido mi abuelo de haber tenido otras opciones. Es curioso cómo, en la trayectoria vital de muchos autores, la historia de sus vidas no se puede separar de su producción literaria. Sucede lo mismo con la mía porque, aunque no lo sepas, al final el tiempo y las vicisitudes del destino acaban por ponerte de frente con aquello que alguna vez escribiste. Algunos autores son conscientes de esto y otros no, esa es la única diferencia entre unos y otros.

El librito de poemas tengo que agradecérselo a mi tía Remedios Villamandos Iglesias que, muy amablemente me lo cedió, sacándolo de sus tesoros familiares mejor guardados.

Continuando con el proyecto de “Rescatando anónimos”, en homenaje a mi bisabuelo Pedro Villamandos Pinto, a continuación comparto uno de sus poemas recogido en un pequeño libro de poesías que le fue publicado por el “Asilo de Huérfanos del Sagrado Corazón de Jesús” en el año 1901, en Madrid. Curiosamente mi bisabuelo falleció con 43 años dejando huérfano a mi abuelo Pedro Villamandos Reyes que, por este motivo, tuvo que ingresar en el colegio militar para huérfanos de militares siguiendo de esta forma la carrera de su padre. Muchas veces me he preguntado qué profesión habría elegido mi abuelo de haber tenido otras opciones. Es curioso cómo, en la trayectoria vital de muchos autores, la historia de sus vidas no se puede separar de su producción literaria. Sucede lo mismo con la mía porque, aunque no lo sepas, al final el tiempo y las vicisitudes del destino acaban por ponerte de frente con aquello que alguna vez escribiste. Algunos autores son conscientes de esto y otros no, esa es la única diferencia entre unos y otros.

El librito de poemas tengo que agradecérselo a mi tía Remedios Villamandos Iglesias que, muy amablemente me lo cedió, sacándolo de sus tesoros familiares mejor guardados.


¡Recuerdo!

Era niño  holgazán y pendenciero;

soberbia me cegaba diariamente;

hablaba con desprecio, alta la frente,

y reíame yo del mundo entero.

¿Quién a mí se oponía?  ¿quién me ataba?

nunca llegué á  pensar hallar un freno;

mas éste fué mi padre, justo y bueno,

que hacia el tiempo futuro ya miraba.

Reprensiones, castigos, inquietudes

cambiáronme la vida que llevaba;

desde entonces el llanto acompañaba

á lo que yo llamé vicisitudes.

Pero esto, que entonces me hacía daño,

en mí operó revolución extraña;

quien me ablandó marchóse á la campaña

cuando iba ya á finalizar el año.

Allí murió; su nombre siempre honrado

con sangre escrito va en aquella historia,

que trae triste recuerdo á la memoria,

pues el honor de España ha mancillado.

………………………………………………………………

Hoy sigo yo los pasos de aquel hombre

que el sér me dió, educación y ejemplo.

¡Hoy en mi corazón tienes un templo,

padre mío: ¡bendito sea tu nombre!

© Pedro Villamandos Pinto

 


 

El escritor… ¿nace o se hace?

Esta pregunta puede parecer tonta por lo repetida y manida, igual que esa típica preguntita de ¿qué fue primero el huevo o la gallina?, pero no es así. Realmente es una cuestión que los escritores rumiamos muy a menudo. Al menos yo, como novelista, poeta y profesora de talleres de creación literaria para niños y adolescentes, suelo reflexionar mucho en torno a este asunto porque, si para cualquier persona encontrar sus orígenes forma parte intrínseca de su identidad y le da sentido a su existencia toda, un escritor no queda exento de esto. Por ello es uno de los primeros puntos que se debe abordar en cualquier debate literario que se precie, según mi opinión.

Yo creo que el escritor, especialmente el narrador y el poeta, nace, sin duda. El escritor es una persona que, desde su más tierna infancia, siente que tiene algo que contar. Percibe mundos paralelos allí donde los demás no ven más que aire y tiempo humano y esos mundos solo se pueden expresar con palabras y solo se pueden alimentar de ellas. Por ello, el escritor suele ser un lector voraz desde pequeño, porque vive todos los universos posibles con más intensidad si cabe que este al que todos aceptamos como el único y real. Él, desde que posee uso de razón, sabe que esto no es así. Debido a esa enorme sensibilidad para percibir la diversidad de existencias invisibles que nos rodea puede experimentar vidas ajenas con tanta o incluso más intensidad que la suya propia, puede realizar largos viajes por el mundo, emocionarse con un romance que jamás ha vivido o conocer a fondo a personas que no ha visto en su vida y todo eso sin salir de su habitación, sin apartar los ojos de la página del libro que está leyendo en ese instante.

¿Para qué salir de casa entonces? Recuerdo que cuando era pequeña pasaba largas temporadas sin salir a la calle y no porque no tuviese amigos. ¡Qué bien!, decía para mis adentros el primer día de las vacaciones de verano, ahora tendré todo el tiempo que quiera para leer tranquilamente, y con mis dedos rebuscaba entre los cómics de mi hermano mayor algún volumen del Jabato, personaje del que estaba profundamente enamorada por aquel entonces. Era en esos momentos, en los momentos en los que leía aquellas páginas, cuando realmente me sentía completa. Y cuando cerraba el libro todo mi mundo interno se venía abajo, todo lo que me rodeaba me parecía mediocre y carente de cualquier interés y me sobrevenía la terrible sensación de haber nacido en el lugar, en el tiempo y en las circunstancias equivocadas. A todo esto debo añadir que, en aquella época, estoy hablando de los años setenta, el hecho de que una niña se pasase horas y horas frente a los libros solía ser motivo de aguda preocupación para nuestras madres que pensaban que teníamos cierta tendencia a la marginación social provocada quizás por algún defecto de nacimiento, alguna enfermedad psicótica aún no determinada por la comunidad médica y científica o quién sabía. Y ya ni os cuento si además la madre en cuestión te veía hablar en alto mirando abstraída el airea mientras el libro abierto descansaba sobre tu regazo. ¿Cómo explicarle entonces a mamá que estás hablando con el personaje de la novela sin que a ella le dé un patatús? O cuando me veía lápiz en mano rebujando y rebujando cuartillas y me decía: ¿qué escribes, me dejas ver? Y yo la miraba enfurruñada por esa violación de mi intimidad y, con el gesto del que padece una extraña fiebre, le decía que se marchase, que me dejase en paz y que aquello no se podía leer porque eran mis cosas.

Bueno no quiero extenderme más sobre este tema. Sí añadir que en verdad, durante mis talleres de creación literaria para niños, he visto ya las señas perfectamente reconocibles del escritor congénito. Entre tantos chicos que asisten a estos talleres, algunos porque les encanta leer y otros porque les encantan las dinámicas de creación de historias y personajes que practicamos allí, descubro, en ocasiones, a ese diamante en bruto, a ese futuro gran escritor cuyo camino estaba ya marcado desde su nacimiento y al que ya solo le resta experiencia, madurez narrativa y perfeccionamiento técnico, nada más porque lo más importante ya lo posee, nació con ello como el pez nace con branquias y el pájaro con alas.

Trozos de tierra

Un trozo de tierra que habitar, una fugaz permanencia, un débil y distraído cuerpo y una minúscula conciencia y ya nos creemos dioses. Luego viene el tiempo y actúa sobre los seres y los borra una y otra vez y un buen día nos alcanza el olvido y también nosotros somos borrados como lo fueron otros.

Pobres y pequeños dioses aquellos, escribe el tiempo sobre las cosas.

Pero es necesaria una mirada profunda para percatarse de esto.

En definitiva, hay actos humanos que no son dignos de mención pero hay otras percepciones del mundo que no deben perecer y atraparlas para siempre es, justamente, la principal misión del artista.

© Elena Villamandos

Atardecer según Van Gogh Lienzo Acrílico Paisaje

Pedro Villamandos Pinto

Pedro Villamandos Pinto. Escritor y educador, además de militar, fundador de la escuela politécnica.

Desde que supe que mi bisabuelo escribía sentí lástima de que la mayor parte de sus palabras se hubiesen perdido por no haber visto nunca la luz. Por este motivo pensé que, igual que mi bisabuelo, podían haber muchos otros anónimos, personas ya fallecidas que hubiesen escrito cosas magníficas y que lo más probable es que se encontrasen, hoy por hoy, guardadas entre los recuerdos de sus familiares, hijos o nietos. Esto fue lo que inspiró este proyecto que he titulado con el nombre de “Rescatando anónimos”, el afán de sacar a la luz toda esa riqueza literaria que, de otra forma, no se conocería jamás. Con esto espero, no solo compensar la memoria de mi bisabuelo que, aunque no lo conocí, siempre lo he sentido próximo y sé que mi destino se encuentra ligado al suyo, sino también la memoria de tanta buena literatura desconocida. Por cierto mi bisabuelo falleció con 43 años, a la misma edad que tengo yo ahora, a causa de una peritonitis galopante que se lo llevó en apenas una semana. Espero que os guste y que sirva de homenaje a todos aquellos familiares que quieran aportar los escritos de sus antepasados. Los recibiré gustosamente y los publicaré desde aquí y para el mundo.

“La Prensa”, Santa Cruz de Tenerife, 28 enero 1925

– Fallecimiento de mi bisabuelo, Pedro Villamandos Pinto, a los 43 años.