El escritor… ¿nace o se hace?

Esta pregunta puede parecer tonta por lo repetida y manida, igual que esa típica preguntita de ¿qué fue primero el huevo o la gallina?, pero no es así. Realmente es una cuestión que los escritores rumiamos muy a menudo. Al menos yo, como novelista, poeta y profesora de talleres de creación literaria para niños y adolescentes, suelo reflexionar mucho en torno a este asunto porque, si para cualquier persona encontrar sus orígenes forma parte intrínseca de su identidad y le da sentido a su existencia toda, un escritor no queda exento de esto. Por ello es uno de los primeros puntos que se debe abordar en cualquier debate literario que se precie, según mi opinión.

Yo creo que el escritor, especialmente el narrador y el poeta, nace, sin duda. El escritor es una persona que, desde su más tierna infancia, siente que tiene algo que contar. Percibe mundos paralelos allí donde los demás no ven más que aire y tiempo humano y esos mundos solo se pueden expresar con palabras y solo se pueden alimentar de ellas. Por ello, el escritor suele ser un lector voraz desde pequeño, porque vive todos los universos posibles con más intensidad si cabe que este al que todos aceptamos como el único y real. Él, desde que posee uso de razón, sabe que esto no es así. Debido a esa enorme sensibilidad para percibir la diversidad de existencias invisibles que nos rodea puede experimentar vidas ajenas con tanta o incluso más intensidad que la suya propia, puede realizar largos viajes por el mundo, emocionarse con un romance que jamás ha vivido o conocer a fondo a personas que no ha visto en su vida y todo eso sin salir de su habitación, sin apartar los ojos de la página del libro que está leyendo en ese instante.

¿Para qué salir de casa entonces? Recuerdo que cuando era pequeña pasaba largas temporadas sin salir a la calle y no porque no tuviese amigos. ¡Qué bien!, decía para mis adentros el primer día de las vacaciones de verano, ahora tendré todo el tiempo que quiera para leer tranquilamente, y con mis dedos rebuscaba entre los cómics de mi hermano mayor algún volumen del Jabato, personaje del que estaba profundamente enamorada por aquel entonces. Era en esos momentos, en los momentos en los que leía aquellas páginas, cuando realmente me sentía completa. Y cuando cerraba el libro todo mi mundo interno se venía abajo, todo lo que me rodeaba me parecía mediocre y carente de cualquier interés y me sobrevenía la terrible sensación de haber nacido en el lugar, en el tiempo y en las circunstancias equivocadas. A todo esto debo añadir que, en aquella época, estoy hablando de los años setenta, el hecho de que una niña se pasase horas y horas frente a los libros solía ser motivo de aguda preocupación para nuestras madres que pensaban que teníamos cierta tendencia a la marginación social provocada quizás por algún defecto de nacimiento, alguna enfermedad psicótica aún no determinada por la comunidad médica y científica o quién sabía. Y ya ni os cuento si además la madre en cuestión te veía hablar en alto mirando abstraída el airea mientras el libro abierto descansaba sobre tu regazo. ¿Cómo explicarle entonces a mamá que estás hablando con el personaje de la novela sin que a ella le dé un patatús? O cuando me veía lápiz en mano rebujando y rebujando cuartillas y me decía: ¿qué escribes, me dejas ver? Y yo la miraba enfurruñada por esa violación de mi intimidad y, con el gesto del que padece una extraña fiebre, le decía que se marchase, que me dejase en paz y que aquello no se podía leer porque eran mis cosas.

Bueno no quiero extenderme más sobre este tema. Sí añadir que en verdad, durante mis talleres de creación literaria para niños, he visto ya las señas perfectamente reconocibles del escritor congénito. Entre tantos chicos que asisten a estos talleres, algunos porque les encanta leer y otros porque les encantan las dinámicas de creación de historias y personajes que practicamos allí, descubro, en ocasiones, a ese diamante en bruto, a ese futuro gran escritor cuyo camino estaba ya marcado desde su nacimiento y al que ya solo le resta experiencia, madurez narrativa y perfeccionamiento técnico, nada más porque lo más importante ya lo posee, nació con ello como el pez nace con branquias y el pájaro con alas.

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